El tiempo pasa y nada cambia

Pasan los años y nada cambia. Robamos el tiempo ajeno para vernos a los ojos, o para cerrar los ojos y no vernos. Preguntamos uno acerca del otro. Nos alejamos. Dejamos de mandar las señales de humo. Cada quién toma un camino diferente. Y la luna deja de salir.

Luego te veo. Me cuentas un gran pedazo de lo que ha sido tu vida en estos días. Y ahí estás a mi lado otra vez apoyado en mi cuerpo. Cómo podría yo sospechar que aquello que parecía mentira era tan verdadero.

Pero debíamos disimular esto. Y fue entonces cuando entendí enseguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos. Solo que tardé mucho tiempo después para volver a abrirlos, y cuando lo hice, te habías ido.

Salí a buscarte, tuve que hacerlo y te encontré. Planeábamos irnos a amarnos en cualquier hotel, cualquier almohada… Nunca pude ni he podido resistir al deseo de llamarte a mi lado, sentirte caer poco a poco sobre mí.

Creo que ahora llegamos adonde íbamos. Estamos, otra vez somos nosotros, no sólo tú y yo. Y seguiremos siendo nosotros por mucho tiempo. Porque cuando te vi, me di cuenta de que nada había sido olvidado: caricias, besos robados, lágrimas,, posibles errores; sobre todo el de habernos alejado. Cuando nos vimos, conseguiste que dejará de pensar, conseguiste por apenas un instante besarme, sin ser más que tu propio beso.

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