Sensaciones

Allí estaba otra tarde más sentada en la arena de la playa contemplando el mar, empezaba a oscurecer y apenas había gente. Pero a ella le gustaba esa tranquilidad de escuchar sólo el sonido de las olas. Le relajaba escucharlo. El mar era algo que la tranquilizaba. Cuando todo iba mal, ella solía ir allí.

Esa tarde todo iba mal, su amor estaba lejos, muy lejos de ella, apenas le quedaba el recuerdo de aquellos últimos días a su lado antes de que él partiera a su tierra, a la tierra que le había visto nacer. Le quedaba el recuerdo de sus bonitas palabras, sus dulces y apasionados besos, de sus cálidos abrazos y de su tierna sonrisa. Ella no podía evitar echarlo de menos, le había costado enamorarse de él, pero lo había hecho de tal forma que era imposible imaginar su vida sin él.

Esa tarde, al igual que ella el cielo lloraba, pues su único deseo era desaparecer. Evaporarse como en uno de esos calurosos días de verano y no volver jamás porque, entre las múltiples sensaciones que alguien puede experimentar, la de desesperación puede llegar a ser la más cruel. La desesperación que produce no dejar de llorar, que te asfixia lentamente, que incrementa los latidos de tu corazón y la contracción de los músculos. Esas lágrimas que te hacen cosquillas cuando descienden lentamente por tus rosadas mejillas de terciopelo y que desembocan en la comisura de tus labios, hasta que finalmente desistes y te rindes.

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