Todo saldrá bien

Entré en el dormitorio de mi hermano muy decidida. No había nadie en la casa, así que no corría ningún riesgo. Enchufé la preciosa guitarra eléctrica que descansaba contra la pared mientras dejaba correr una lágrima por mi mejilla. Entonces empecé a tocar… Cerré los ojos y me dejé llevar… Hasta que me encontré con una sonrisa desconcertante que me hizo detenerme.

Lo haces muy bien.

Le miré desafiante. ¿Desde cuándo eran simpáticos los amigos de mi hermano?

¿Qué haces aquí?

Vine a por mis apuntes de historia. Ayer se los dejé a tu hermano y me dijo que pasara a recogerlos.

Miré hacia el escritorio y reconocí rápidamente su cuaderno, tan ordenado y limpio… todo lo contrario al de mi hermano. Lo cogí y se lo lancé.

– Ahí lo tienes. Adiós.

– ¿Qué te pasa, Clarita? Te recordaba más simpática…

Me acerqué a cerrar la puerta en cuyo marco él estaba apoyado.

Hoy no es mi día, ¿vale?

Aunque veía que yo estaba agarrando la puerta con la intención de cerrarla, no se movió un milímetro. Sólo se quedó quieto, mirándome.

¿Has llorado?

Cerré los ojos, intentando armarme de paciencia.

No. ¿Algo más?

¿Por qué has llorado?

Por favor, no seas pesado. Quiero estar sola.

Me miró serio, casi preocupado, y se apartó de la puerta, dejándome, al fin, cerrarla. Cuando fui a coger la guitarra los remordimientos aparecieron. Le había tratado mal, y él no tenía culpa de mi mal humor. Además, me había saludado con un halago…

Salí corriendo y, desde las escaleras, grité para llamar su atención.

¡Brian! Lo siento… Es que tengo un mal día.

El moreno se dio la vuelta y me miró, con una de sus radiantes sonrisas en la cara.

Tranquila… Te entiendo, yo he tenido muchos días de esos. – Sonreí – ¿Quieres hablar de ello?

¿Lo dices en serio?

Él subió un par de escalones y se sentó sobre la moqueta azul, invitándome a hacer lo mismo al ladear un poco la cabeza.

Éste un sitio raro para hablar.-dije sentándome junto a él.

Aquí fue donde hablamos por primera vez.

Le miré sorprendida. Nunca me había preguntado cuándo le conocí. Benjamín siempre había sido amigo de mi hermano, estaba ahí desde siempre…

Es normal que no te acuerdes, eras muy pequeña.- dejó escapar una sonrisa- Tu hermano me había invitado a comer después del colegio. Él entró corriendo a por un balón para jugar y yo me quedé allí-señaló el pequeño espacio entre el último escalón y la pared – esperando. Entonces bajaste llorando, con el cuerpo de una muñeca en una mano y la cabeza en la otra.

¿Así que para ti yo siempre he sido la llorona de la muñeca decapitada?

Se echó a reír, y me pregunté cuántas veces había escuchado esa risa en mi vida. Muchas… pero ninguna como ésa.

No, siempre no.- me miró de una forma un poco extraña antes de continuar su relato sin darme tiempo a preguntar- En fin, que no sé cómo, pero acabé sentado aquí, haciendo lo imposible por arreglar tu muñeca, mientras tú me hacías muchas preguntas.

¿Qué preguntas?

Eso no lo recuerdo… Sólo sé que fueron muchísimas.

Entonces fui yo la que se echó a reír. Me imaginé a Brian de pequeño, mordiéndose el labio inferior, con mi muñeca en las manos, mientras una “mini-yo” hablaba y hablaba sin parar, haciendo, como decía él, muchísimas preguntas. Y de repente vi a Brian, ya mayor, mirándome otra vez como antes, con una sonrisa triunfadora en los labios.

¿Qué pasa?

Te has reído.

¿Sabes qué? Creo que en realidad no ha cambiado nada: tú sigues en esta escalera, intentando arreglar algo que me ha hecho llorar, y yo, mientras, hablo sin parar.

Pero al final arreglé la muñeca, y tu problema sigue ahí.

Negué con la cabeza, sonriendo.

Mi problema desapareció en cuanto te ofreciste a hablar.- alzó las cejas, mostrándome que no me estaba entendiendo.– Me sentía sola.

Pero no estás sola… Nunca has estado sola.

Ya lo sé.- contesté en un susurro antes de abrazarle– Gracias.

Cuando el silencio empezó a incomodarme, me separé e intenté volver a la divertida conversación sobre el pasado.

¿Cuándo dejé de ser la llorona de la muñeca decapitada?

– El día que empezaste el instituto.

¿Cuando mi hermano se equivocó de calle y nos perdimos?

Cuando me dijiste que si estábamos juntos todo saldría bien.

Me quedé paralizada, recordando cómo Brian me había dedicado mil sonrisas desde aquel día y había estado pendiente de mí durante todos esos años.

Clara… Quiero que todo salga bien.

¿Estaba soñando? No… Estaba despierta y Brian me estaba besando con la misma delicadeza con la que aquel día cogió mi mano para que no me perdiera.

Todo saldrá bien– susurré antes de acabar con la poca distancia que nos volvía a separar y sellar mí promesa con un beso mágico.

 

 

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